El día que el Ratoncito Pérez visitó a un niño montessori

Hace algunos días, Izan ha perdido su primer diente de leche. Y lo ha perdido de verdad – se cayó en el colegio, él lo guardó en su tartera pero quiso verlo un poco después y, al cogerlo, se le resbaló y se fue rodando por el suelo. Nunca más lo ha vuelto a ver.

Era un lunes, y cuando fui a buscarlo tras la clase de natación, él no estaba contento en enseñarme su “ventanita” en la boca, como muchos niños hacen. “Mami, he perdido mi diente”. Era un final que no esperábamos, tras semanas y semanas acompañando su incisivo inferior moviéndose. Las madres de los demás niños que esperaban alrededor luego se acercaron para consolarlo – “no pasa nada, Izan, el ratoncito Pérez sabe que se te ha caído el diente y vendrá dejarte tu regalo, él es mágico, siempre lo sabe”.

Ser una madre montessori es difícil. Ya he dicho aquí varias veces, en mi cuenta de Instagram y en la fanpage de Facebook también, y si eres también una seguro que me darás la razón. Es difícil seguir la filosofía montessori de manera total en nuestra sociedad, y más cuando los niños frecuentan el colegio tradicional, dónde la gran parte de los padres y madres enseñan los niños a creer en fantasía, no estimulan su autonomía, actúan con adultismo y con opresión. Ser una madre que va contra la corriente es muy complicado.

Antes mismo de que tuviera una charla sobre el Ratoncito Pérez con Izan – para quién no lo sabe, es la versión española del Hada del Diente – él ya sabía quién él era. Había escuchado en el colegio, en la calle y en la casa de mis suegros. Incluso fue él quién llegó diciendo: “Mami, cuando me caiga un diente vendrá el Ratoncito Pérez y me dejará una moneda debajo de mi almohada”. Todavía era muy joven, creo que tendría unos 4 años o así, y ya parecía muy creyente en su existencia. Es difícil no serlo, si quién lo ha contado fue un adulto a quién él tanto quiere y confía. A principio no di demasiada importancia y dejé el tiempo pasar, pensando que él lo olvidaría. Pero es imposible, los dibujos animados recuerdan y cuando el primer niño de su clase perdió el primer diente de leche, fue cuándo empezó la histeria colectiva – ¿cuándo mi diente caerá para que venga el ratoncito Pérez a mi casa? Todos los niños se volvieran ansiosos, como adolescentes que esperan por su grupo de rock favorito tocar en la ciudad.

Desde los 5 años Izan espera el ratón (él es de diciembre y en tercer de Infantil sus compis de 6 años ya habían empezado) y fue todo un acontecimiento el día que él se enteró de que su diente incisivo se movía.

Le compré libros del cuerpo humano para explicarle qué era el cambio de los dientes de leche, y él escuchó mientras le leía, pero siempre cuando terminaba de explicar científicamente qué eran los dientes de leche, porqué se cambian, los dientes definitivos ecc… él siempre decía al final: “sí, y viene el ratoncito y te deja una moneda debajo de la almohada en cambio del diente que se ha caído”. Era como discutir sobre la teoría del Big Ben con un fanático religioso.

“Pero Izan, estás seguro de que viene un ratón por las noches recoger tu diente de leche y dejarte una moneda? No te parece raro que en España sea un ratón y en América sea el Hada de los Dientes?”, le pregunté, pensando que así él empezaría a dudar de la existencia del ser mágico. Su respuesta fue un corto y directo “no”. Y miró a mí como si pensara: “pero que tonterías dices!”

Un año después, sus amigos más próximos perdieron sus primeros dientes y su ansiedad aumentó: “Mami, se ha caído el diente de Fulanito y de Menganita! Solo falta a mi!”, decía, con los ojos brillando. “A Fulanito se le han traído cinco euros y un juguete (¿pero no era solo una moneda?) y a Menganita monedas de chocolate y un cuento”. Otra vez intenté meterle la duda: “Y no te parece raro que a cada uno le han regalado algo distinto?”, le pregunté.

Como Izan ya sabe abstraer y que los personajes de los dibujos animados y de los cuentos no existen, imaginé que ahora él sí podría desconfiar, ya que el Ratoncito Pérez no seguía un padrón, como todos los adultos decían. Para mi era la mayor señal de que él no existe. “No, mami, no es raro. A Fulanito le han regalado cinco euros, a Menganita monedas de chocolate. No pasa nada. Seguro que él me regalará las dos cosas!”, y ya me parto de risa.

Cómo hacer? Cómo hacer cuando sabes que eso no es lo correcto?  “Soy un fraude”, era la frase que más escuchaba en mi cabeza el día que fui a la tienda de juguetes.

En montessori, la imaginación natural de los niños sí es aceptada, valorada y estimulada. Que un niño dibuje un arco iris como si fuera un tobogán es permitido, que un niño vea dos hormigas tocándose las antenas y diga que están charlando es permitido, que mire al cielo estrellado y diga que son los ojos de los ángeles también. Todo lo que nace de manera espontánea de la miente del niño tras su observación del mundo real es bello. Los poetas y artistas de más talento fueron grandes observadores del mundo real antes de crear sus obras maestras. Pero los mitos que enseñamos a los niños, que hemos aprendido de nuestros padres, que por su vez han aprendido de los suyos, como el Ratoncito Pérez, es la imaginación del adulto impuesta al niño – él no ha creado nada, solamente ha recibido una idea, que le ha sido impuesta como verdad, a veces por fines inofensivos, pero a veces no. Al final la fantasía que usamos con el niño siempre acaba por manipulándolo ( “si no te comportas, los Reyes te traerán carbón”), si no es por sus padres, será por los abuelos, por los tíos, por los profesores, por algún adulto de su convivencia. También enseña al niño a ser consumista, a estar más ansioso por el regalo que ganará que a la próxima etapa de su vida, que es de cuidar de sus dientes con más esmero porque ahora ya no serán sustituidos. Y así la figura fantástica que tendría cómo razón “crear ilusión” o enseñar la generosidad, como es el caso de Papá Noel y Reyes, se transforma en otra cosa.

Confieso que me ha dolido el corazón ver a mi hijo decepcionado porque había perdido, literalmente, su primer diente de leche. Tenía la misma mirada cuando fui a Barcelona por la primera vez (era loca por conocer la ciudad de Gaudí y justo cuando realicé mi sueño, mis maletas se han extraviado; nunca me olvidaré cómo vi la Sagrada Familia con desprecio desde el autobús del aeropuerto hacia al hotel). Tanto que al final, dije lo mismo que las madres que estaban al nuestro lado: “sí, Izan, seguro que el ratoncito lo sabrá y te traerá tus regalos, no te preocupes”.

En casa le saqué algunas fotos y envié por whatsapp a la familia, los abuelos le llamaron para darle enhorabuena, su papi le ha dado un fuerte abrazo porque estaba haciéndose mayor. Me recordé del día que él ha dado sus primeros pasos, en nuestra cocina, como perdía el equilibrio, se caía, y se levantaba risueño, feliz por haber aprendido algo tan importante en su vida. Cómo nos sentimos orgullosos por él, corrimos a hacer un vídeo con el móvil (otro día el Facebook me lo recordó y me sacó unas lagrimas), parecía que había dado sus pasos en la luna y no en casa… y ahora allí lo tenía, con 6 años, con un incisivo a menos. Recordé de una vez que leí algo de Maria Montessori que decía que el niño aprendía a leer luego que le caía el primer diente; y es verdad que semanas antes Izan había leído una frase y me sorprendí de como lo hizo con tanta fluencia. Pensé que ya no tenía un bebé más, y en como el tiempo pasaba deprisa y cual seria su próximo logro a celebrar. A lo mejor ya no querrá hacerlo entre nosotros y sí con sus amigos, no con dos “viejos”.

Y al final, él ganó su moneda (de dos euros), su cuento (de fondo real, por supuesto), y dos cosas que le flipan: plastilina y Lego, además una tarjeta del roedor mágico diciendo que había encontrado el diente perdido y ya lo tenía. El papi: “no esperes que siempre será así, vale? A lo mejor cuando te caiga el próximo diente el ratoncito Pérez no traerá tantas cosas”. Y él: “vale, papi, es que el primer diente es el especial”. Así es, las primeras experiencias siempre son las más especiales.

Y tú, cómo llevas la cuestión de la fantasía en tu família? Tus hijos creyen en el Ratoncito Pérez?  O has decidido no enseñarles el mito? Si te ha gustado este post, no olvides de comentar aquí y compartirlo con tus amistades en las redes sociales para que más gente conozca a Nuestros Momentos Montessori. 


 

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2 comentarios sobre “El día que el Ratoncito Pérez visitó a un niño montessori

  1. Hola Alessandra, si que es difícil, si. Mi hija desde que tiene tres años cuenta los días para que se le caiga un diente y venga el ratoncito pérez. Y seguramente haremos como vosotros, acompañarla respetuosamente en esa ilusión. :-). Besos!

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