El niño y el escarabajo

Ayer estaba llevando Izan al colegio cuando de repente él gritó: “para, mami, para!”. Paré y vi que él miraba al suelo muy atento. Seguí su mirada y vi que el foco de su atención era un pequeño escarabajo herido.

El insecto no podía caminar bien porque le faltaba un par de patas de un lado, a parte que el casco que cubre su abdomen no estaba, enseñando sus tripas. Dije a Izan que era muy probable que una persona había pisado al escarabajo. “Claro, sin querer”, lo complementó, mirándole con mucha atención y ternura.

Nos quedamos allí parados mirando al bichito, le enseñé su tripa abierta, y él entonces preguntó: “mami, se pondrá bueno?”

Pensé en mentirle para dejarlo tranquilo, pero luego creí que eso no era correcto, entonces le dije la verdad: “no, mi amor, creo que él va morir, y no le falta mucho”. Al que Izan contestó con un tierno “pobrecito”, muy serio y preocupado.

Acabamos dejando el escarabajo y fuimos al cole, allí conté a su profe lo que había acabado de suceder, ella también demostró pesar hacia al pequeñín y después me dijo “este va para veterinario seguro, como le gustan los animales”.

Fui a casa y recordé toda la pena y atención de Izan hacia al escarabajo herido y me dije a mí misma: “no sé si será veterinario pero espero que nunca deje de tener amor y el respeto a los seres vivos, bien sean perros, insectos, flores o personas.”

Y también me hizo recordar el capítulo que leí en la noche anterior del libro “El Niño: el Secreto de la Infancia” de Maria Montessori. Justamente hablaba sobre el ritmo de los niños, como es importante respetar cuando ellos quieren ir despacio, parar, observar. Y como los adultos suelen no respetarlo, adelantándose. “(…) pero cuando el ritmo del niño es lento, entonces interviene irresistiblemente con la sustitución. En lugar de prestarle auxilio en sus necesidades síquicas más esenciales, el adulto se sustituye al niño en todas las acciones que éste quiere realizar por si mismo, cerrándole todos los procesos de actividad y constituyéndose en el obstáculo más poderoso contra el desarrollo de su existencia. Las quejas desesperadas del pequeñín, consideradas como ‘caprichos’, que no se deja lavar, ni peinar, ni vestir, son las explosiones de un primer drama íntimo en las luchas humanas. Quién pudiera suponer que esta ayuda inútil facilitada al niño es la raíz de todas las represiones y por conseguiente, causa de los peligrosísimos daños que el adulto ocasiona al niño?”

Hay que dejarles ser ellos mismos y a su ritmo, siempre. Y cuando les dejamos, ellos nos dan estas sorpresas.

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